jueves, 20 de marzo de 2014

Clara y Los Dos Claveles Azules


                                                                                                         
La invitación Capitulo I                                                                                                                    
Como no interpretar estas líneas escritas, seguidas,  y entrelazadas, con sensaciones de penumbras, y desencuentros, pensamientos torcidos y retorcidos en jirones de carne y piel. Heridas provocadas por él sin retorno; la encrucijada entre el pasado y el presente encarnados con alambre de púas. Lóbrego desconcierto, no es fácil explicarlo, pero quiero hacértelo entender; espero de algún modo acercarme a ti.                                                                                 

        ...A principio de siglo, allá por la segunda década del  novecientos, la época venía con aspiraciones al progreso. El tranvía en la ciudad porteña de Bs. As. Era obsesivamente el móvil del trabajador, y del que podía, el automotor, en su pleno auge. De mi parte no era amante del automóvil, pero sí de la tracción a sangre, quizás, tiene que ver con que nací en el interior.

         Cada mañana el diario y las noticias de un país entre mezclado con la cultura Europea el cual le reflejaba como modelo a seguir,  aunque una parte del país era conservador, y no se desprendía de sus costumbres tales como el tango, que ya apuntaba como la música popular de la ciudad.
  
        ...Año 1921, me llamo Juan, y como una burla de los tres tiempos de conjugación verbal en la realidad, hicieron que me enfrentara el pasado en el presente, y el futuro perfecto demostrativo, aliado al espanto. Los soles desde aquel domingo, no fueron iguales para mí; quizás, desde hoy, tampoco lo será para ti.

         Me levante temprano como cada mañana para ir a mi cotidiano trabajo, una de las oficinas del diario de la ``CIUDAD``. Terminaba una de las tantas intensas semanas de trabajo, aun  no empezaba el viernes en la senda peatonal y ya se informaba él pronostico del tiempo en el fin de semana; no muy prometedor por cierto, pero en fin; hasta el momento no tenía nada pensado, sin saber que en mi trabajo, ni bien atravesara por la puerta cambiarían mi concepto, al menos por el día sábado. Apenas empecé a escribir, y mis notas absorbían mi atención,  de pronto dos de mis compañeros de trabajo irrumpieron tras mis pensamientos.                                                                                 
        - ¡Juan! ¿Siempre trabajando he?   Queríamos invitarte al baile que hacen en el club, ¿Te acuerdas? el que te habíamos comentado.   Pasa que somos socios vitalicios y tenemos que llevar a alguien que no pertenezca a la institución; ya sabes, la paradoja estratégica de poder asociar más gente, y de paso tras el servicio entramos todos a beneficio sin pagar. – Risa por medio - ¡Vamos! No aceptamos un no como respuesta, es hora que te distraigas un poco; ¡trabajas mucho che!  El lugar queda por Chacarita, ¿Qué te parece? -                        
       A decir verdad  no supe decidirme enseguida y ellos decidieron por mí; bueno, después de todo hacía tiempo  que no salía un  sábado.    La mañana pasó rápido, y el agobio de la tarde no se notó.    La puesta del sol hacia que se notase el frío de las superficies lizas e inertes, Aunque, el viaje vespertino de cada tarde pareció mucho más reconfortante, como si todos estarían conectados en un solo pensamiento; termino la semana.                                                                                                                                                                                                                                                                                                          
El  Extraño carruaje  Capitulo 2 

       Al fin llegue... vivo por la Av. San Juan al 1435 Almagro, sí, mi viejo Almagro, de parajes empedrados, y viejas estructuras, de historias vividas, de vidas pasadas,  fantasmas que remarcan  voces antiguas que llevan la magia en cada vereda.   Cualquiera pensaría que nací aquí, pero no, nací en la Prcia. De Santa Fe y vine a la abrumadora ciudad de muy chico, estudie, y me gradúe en esta ciudad,  y quede encantado con este barrio.    Me preguntaras porque, te lo voy a contar… no dejaría por nada aquellas mañanas de domingo en el bar polemizando como los mejores críticos sobre futbol, San Lorenzo en el metropolitano; los gritos que retumban desde las entradas, la pasión del hincha por el boleto de entrada; el eco se expande cuando el gol desde el ``gasómetro`` resuena imponente por las calles del barrio, y soy parte de esto, amante del sol invernal de la plaza; del desayuno hora y media antes de entrar a mi trabajo, el tradicional café con leche, y media lunas, y claro, leyendo las líneas que escribí un día antes en la editorial del periódico...


Y esta es mi vida, una vida similar a cualquier otra, con costumbres porteñas sobrellevadas, y arraigadas diariamente en los alrededores de Bs. As.   Eso sí de costumbres normales hablamos, hoy sábado, lo único normal que viví fue vestirme.  


El día empezó con un cielo un tanto borrascoso,  el sol tímido entre la niebla daba la pauta de que la lluvia iba a ser la principal el resto del día.    Lentamente la ciudad se cubrió de una cortina de agua, pero mis expectativas sobre la noche aun aumentaron cuando recibí el llamado de uno de mis compañeros de trabajo.


      - ¿Hola Juan? Soy Horacio.   ¿Te pasamos a buscar o venís? -

        Juan – No está bien, ¿Que se van andar mojando? voy para allá, ya salgo; conozco el lugar, no es tan lejos, tendré cuidado.-

      Horacio – Bueno no te olvides la dirección, Av. F. Lacrosse 400, queda por Chacarita. -  

       Juan – Listo, no me voy a olvidar. -

       Horacio ¡Mira que te esperamos he!-

       Juan – Voy para allá. - 

       Eran las 20 hs. Y no paraba de llover, tome mi sobretodo, mi traje  gris, mi sombrero, y un clavel azul en mi solapa; se me veía bien, no quiero pecar de narcisismo pero tengo mi estilo, soy alto de tez blanca, ojos marrones claros, mi pelo engominado por ser ondulado; siempre quiero estar presentable. De color castaño oscuro, de cejas anchas, nariz respingada y labios definidos enseñoreados con un fino bigote, diría que cualquier señorita estaría a mis pies... Pero no es así.   Bien. Ya estaba listo para salir a la cita, sin saber que la cita era con lo desconocido no con los conocidos.   La noche tormentosa tomaba toda mi atención, mientras la situación distinta precedía de las experiencias ya vividas, y se materializaban frente mío; y si por distinto describo al cochero que apareció sin que lo llamen al costado de una florería nueva; (dicho negocio el cual no había notado hasta ese instante.)   El carro estacionado en el brocal del empedrado, parecía esperar algún pasajero; pero la gente correteaba por la vereda  resbaladiza refulgente tras el agua reflejada por la vaga luz  de la noche que discrepaba con las penumbras de la oscuridad, y se desvanecía ante los refusilos.                                                                                                                                                         
                                                                                     
                                                     
El baile        Capitulo 3

       La lluvia dificultaba la visión, tanto que nunca pude ver el rostro de aquel hombre sentado a la intemperie mojándose sin importarle, encogido de hombros con un capote negro largo que cubría todo su cuerpo,  y un sombrero grande que recorría sus hombros; su ropaje reflejado ante el relámpago crispaba la piel.  Sus manos estaban cubiertas por  guantes y riendas del carruaje enredadas entre sus dedos, esperaba en silencio sin moverse, como si me estuviera esperando, pero no puedo pensar eso, es un poco ilógico a la vez descabellado.   Importunado por a la lluvia, no tuve opción, y no tarde en aceptar la suerte, de encontrar un coche bajo el feroz temporal.            

      - ¿Me lleva a la Av. F. Lacrosse al 400? Queda por Chacarita -

       No hubo gestos, ni señales, ni siquiera una palabra que indicara su percibido racional, pero ni bien cerré la portezuela  de la vieja galera, el brío del caballo sacudió con violencia la carroza, que dicho sea de paso era tan obscuro como el carro.   A trote acelerado repiqueteaban sus patas en el eco que provocaba la calle empedrada,¡ y el rebote percusivo sobre lo cerrado de los edificios al costado de la calzada. El viaje fue sorpresivamente rápido, como si tuviéramos todo el camino para nosotros solos.   Mire por la ventanilla; me sorprendió ver el cementerio de Chacarita, estábamos a solo cuatro cuadras de la dirección, aunque llovía más que cuando salí de casa, fue cuando me di cuenta que me faltaba esa flor que tanto me gustaba, de alguna manera pudo haberse caído en la corrida por no mojarme antes de subirme. 

       - Espere un minuto por favor, tengo que comprar un clavel en la florería, no es cualquier clavel, por ese motivo creo tardar, aunque si lo tiene no lo haré esperar mucho. -                            

       Como si le interesara,  murmuré...  El misterioso hombre esperaba como si le importara realmente, o es que; le importaba.   Esta vez logre comprar sin inconvenientes el clavel azul, y lo pague sin más revuelo.  

       - Ahora sí, llévame a Av. F. Lacrosse de aquí son cuatro cuadras. -

       Cruzo el ancho empedrado cuando observe que nunca había perdido el otro clavel; solo se me había desprendido del ojal de mi traje cayendo en el asiento del carruaje, tal vez en un descuido.  ¿Para qué dos? Pensé...

       Uno dejo como cómoda viajera en esta galera, o mejor aún, como un enamorado deja su corazón junto a ella  al mostrar su amor a una bella dama. Creyendo que quizás, subiera la chica de mis sueños y la encuentre.   Pero claro solo era una fugas imaginación, yo no conocía a nadie y lejos estaba de intentar cortejar una dama con dicha flor. O dejar así mi amor impregnado en el perfume de un clavel, triste clavel solitario.  En un momento de locura pensé en voz alta.      

       -Ojalá esta carroza pudiera dar vida la bella dama de mi imaginación, como uno de esos cuentos de doncellas, y me la trajera a mi lado, aunque fuera para llegar aún acuerdo y me haga compañía en esta fiesta; Vestida de princesa, la imagino con el cariz de mil quinceañeras...-

       Me sentí un tonto, pero pronuncie palabras no muy comunes, en un móvil muy extraño.  
                                        

                                                             
Clara…      Capitulo 4  

     La dirección fue fácil de ubicar por el sonido de la orquesta que se escuchaba desde afuera.  

    - ¡Aquí es! ¡Aquí me bajo! -

     El coche paró inmediatamente, bajé, y cuando intenté pagar, el exótico carruaje sé hecho en andar sin recibir nada a cambio por el misterioso y extraño viaje.   Me sorprendió su apuro, aún recuerdo que murmure. {Muy amable, gracias}.  El obscuro carruaje se perdió más adelante, donde la lluvia no permitía visualizar la escena.  Volvió por dónde venimos... para no pensar, fue para el cementerio; si, seguro me dirán vamos, no nos dirás que crees en historias espeluznantes, aunque hoy ya no sé qué decirles. Quedé estático con la mirada fija tratando de abrir la cortina de agua que no me dejaba ver, cuándo del club algunas personas salían del baile llevados por su curiosidad a observar el copioso aguacero en la Av.; escuche una voz conocida.

     
- ¡Juan! ¡Entra! ¡No te mojes más! -       

 Eran Horacio y Enrique, camine rápido hacia la entrada, sacudí el agua de mi sombrero, note que había mucha gente. 

  - ¿Qué tal el viaje? ¿Llegaste bien?- 

 No supe que decir, al menos llegue, después de todo no pasó nada grave, nada más, un poco fuera de lo común, solo pude pronunciar una palabra.    

     
   - Bien -

  Las dos primeras horas me aburrí, pese al esfuerzo de mis amigos por presentarme gente conocida del club, para que me familiarice con el ambiente.   Di vuelta por el salón viendo como bailaban, en un costado había dos mesones con comida de lunch,  bebidas, mozos que servían a cada persona;  risas, charlas, y orquestas, ingredientes justo para una noche festiva.   Tome una copa de vino de las que el mozo pasaba ofreciendo. 

  ... En fin disfrutare de este buen vino... Pensé. 

       Fue en ese instante mientras miraba a través del cristal y la media transparencia del vino la aparición de la criatura más hermosa de la tierra, así como también exótica y misteriosa a simple vista; y creo que el término “aparición” le quedaba.    Llevaba un vestido rojizo de tono bajo, casi diría cobrizo a la que marcaba las curvas de su cuerpo; era alta y de pelo renegrido, como si hubiera salido de la copa de vino que segundos antes había probado con tanto placer.   Su tez era pálida  cercano a la textura del blanco papel que nunca pasa desapercibido; me llamó la atención la claridad de su rostro y en medio de su lívida faz, dos grandes ojos azules claros como el cielo, profundos, que definían  una mirada intensa.  Siempre fui algo introvertido, pero esta vez no pude con mis impulsos que me llevaron a pedirle que bailara con migo, fue cuando sus ojos azules tan grandes se abrieron que petrificaron mi alma.

     - Si, acepto... -

    Fue como si hubiese aceptado a vivir con migo para siempre; tome sus manos y un escalofrío corrió por todo mi cuerpo, mi piel se erizo, estaban heladas como el mármol húmedo cuando anochece.   Bailamos varias piezas pero yo tenía dentro de mí un mar de preguntas.   De a poco fui desahogando mis dudas, al menos algunas.  

  - ¿Cómo te llamas?-    
  
   - Claraaa... -

    Resonó ese nombre en mi mente el resto de la noche. 

    -Yo me llamo Juan, y dime Clara… ¿Vives por aquí?-    

      Clara- Si -   

      Juan- Estas… sola, es decir... soltera. -            


       Podía sentir mi latido audiblemente y el pecho me presionaba hasta creer que me faltaba el aire; me sentía torpe al estar delante de tanta belleza, y no quería que ella se diera cuenta, en cierta manera debía impresionarla.  

        Clara- Si -          

       No fueron muchas palabras, pero su voz fue como una bocanada de aire fresco.         

       Juan- ¿Quieres decir que vivís con tus padres?-
      
        Clara- Si - 

       La música nos envolvía en su melodía, mientras que yo manejado por la curiosidad (Ella era muy bonita pero rara) no dejaba de asediarla. 

       Juan- ¿Trabajas, estudias?-  
       Clara- No -    

        Podía haberla ahogado de preguntas que ella iba a bucear entre él “si” y el “no” su misteriosa personalidad fue como telaraña que luego de haber caído por causa de mi curiosidad fui atrapado y envuelto, y ya no pude escapar.                                                                                            
      
      Juan- Eres muy bonita,  pero a decir verdad no quisiera que la noche termine me gustaría volverte a ver, conocerte, claro si es que me lo permites, por supuesto- Hubo un silencio incomodo, pero sentí que si no insistía no la volvería a ver.     

     -¿tienes que hacer algo mañana? Te invito a salir. -

      Clara-  No, no, no puedo.-            

     Juan- Debo entender que quieres decir que no te parece una buena idea que nos volvamos a ver. 

      Clara- ¡No! Me gustaría mucho. -          

       Juan- Entonces tengo una idea, me presentas a tus padres para poder visitarte.   Mis  intenciones son buenas  ¿Me lo permites?-      

                                          
        Clara- Mi casa, no, ¡no puedo invitarte! ¡No! -  

 ¿Que dije? ¿Habría dicho algo malo? Fue como si algo indebido o, prohibido salió de mi boca.   No obstante a esto, ella bailo casi podría decir que con  placer a mi lado.   Era como el viento entre las notas de una melodía, en la danza, bailarina del concierto o del desconcierto.      
    En ese momento, en una de las canciones lentas de amor que tocaba la orquesta, sentí que mi alma se entrelazaba con la suya.       
  Juan- ¿Qué edad tienes Clara?-             
    Clara- Dieciocho… -                                                                                                                                      
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Por: Sergio Daniel Arroyo     

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